El doctor Frankenstein de los perros

Interesante como pocas, la vida de este doctor ruso, que por un lado a ayudado a miles de personas a salvar su vida, pero a cambio de hacer barbaridades a unos pobres e indefensos perros.

Poco antes de su muerte, en 1936, el fisiólogo ruso Iván Petróvich Pávlov publicó en varios periódicos soviéticos una carta abierta en la que urgía a los jóvenes científicos a perseguir sus objetivos incluso en las condiciones más adversas. “La regla fundamental de la investigación en fisiología es que los experimentos deben llegar allá donde alcance el ingenio humano”, escribió Pávlov, premio Nobel de Medicina en 1904 y famoso por haber formulado la ley del reflejo condicionado tras observar que un perro hambriento salivaba ante la simple presencia del cuidador que habitualmente le traía el alimento.

Su alegato no cayó en saco roto. Un joven estudiante de Medicina, Vladimir P. Demikhov, espoleado por las palabras de Pávlov, decidió consagrar su vida a destripar animales para volverlos a componer, obteniendo un conocimiento que acabó desembocando en el primer trasplante de corazón a un ser humano, en 1967. Su artífice, el cirujano surafricano Christiaan Barnard, declaró en 1997 que “si existe un padre de los trasplantes de corazón y pulmón, ese título lo ostenta, sin duda, Demikhov”.

El ruso, considerado por algunos una especie de Frankenstein de los perros o de doctor Mengele canino, fabricó a base de suturas canes de dos cabezas, animales con dos corazones y otras quimeras que hoy parecen monstruosas. En un destartalado laboratorio de Moscú, Demikhov logró llevar a cabo el primer trasplante de corazón en un perro, en 1946; el primer trasplante de pulmón registrado en cualquier mamífero, en 1947; y el primer bypass coronario, en 1953. Las 100.000 personas que, hasta la fecha, han recibido un trasplante de corazón o pulmón en todo el mundo le deben la vida, en cierto modo, a un cirujano cuyos macabros experimentos hoy provocan arcadas.



Demikhov, hijo de campesinos, había nacido en Moscú en 1916, un año antes de que la Revolución Bolchevique desencadenara en Rusia una guerra civil en la que murió asesinado su propio padre. Su primer paso en la historia de la cirugía lo dio en 1937, cuando todavía era un barbilampiño estudiante de biología en la Universidad de Moscú. Mientras Stalin iniciaba la Gran Purga, que acabó con cientos de miles de personas ejecutadas o esclavizadas en los gulag, Demikhov diseñaba el primer aparato capaz de sustituir a un corazón. Durante cinco horas y media, la extraña máquina del joven estudiante logró mantener con vida a un perro al que previamente había extirpado las vísceras.

Un corazón en las ingles

Tres años después, Demikhov engarzó un corazón en las ingles de un perro. Su objetivo, hoy, parece disparatado. “A causa de sus rasgos anatómicos y fisiológicos, el corazón sólo puede funcionar de manera activa cuando es trasplantado en el tórax. Si se trasplanta a los vasos del pescuezo o a la región inguinal, no puede tomar parte activa en el movimiento de la sangre” concluyó en su libro Trasplante experimental de órganos vitales. Para demostrarlo, Demikhov necesitaba llevar a cabo el primer transplante intratorácico, pero la Segunda Guerra Mundial interrumpió en seco su trabajo.

El cirujano Igor E. Konstantinov, de la universidad sueca de Linköping, recordó en un artículo publicado en 1998, en la revista Anales de cirugía torácica, que el capítulo más terrible de la guerra fue el sitio de Leningrado. Más de un millón de personas murió a lo largo de los 900 días que duró el asedio nazi a la ciudad rusa. Sin embargo, de aquella catarsis de muerte brotó, en el verano de 1942, la sinfonía número 7 de Dimitri Shostakovich. “Aquello fue un grito de espíritu humano inconquistable. Y el trabajo de Demikhov bien puede compararse con la sinfonía número 7. También se llevó a cabo bajo condiciones adversas y, en cuanto a velocidad, técnica y fortaleza, Demikhov fue como aquellos eslavos virtuosos de la música cuya ejecución causa estupefacción en nuestros días”, narraba el cirujano, con motivo del quincuagésimo aniversario del primer trasplante intratorácico.

A causa de las penurias de la posguerra, sin un rublo destinado a investigación, Demikhov tuvo que llevar a cabo sus experimentos de noche, después de su jornada habitual. Según uno de sus biógrafos, H. B. Schumacker, su entorno le consideraba un fanático, sin otra afición que su escalpelo. “Sin embargo, tenía el apoyo de su familia y de un puñado de buenos amigos. Al menos en una ocasión, este aliento le salvó del suicidio”, narra Schumacker en una pequeña reseña titulada Un cirujano para recordar, publicada en 1994.

Su obsesión tuvo recompensa. El 25 de diciembre de 1951, mientras sus colegas occidentales se abalanzaban sobre un pavo con sus familias, Demikhov se encerró con sus ayudantes en su laboratorio y completó el primer trasplante de corazón ortotópico, en el que el órgano ocupa su posición anatómica normal. Dos de los 22 perros a los que reemplazaron el corazón vivieron más de 11 horas, un tiempo suficiente para demostrar que el corazón donante podía asumir la función del extirpado. El trasplante de corazón había dejado de ser ciencia ficción.

Tras el Telón de Acero

Hoy, a punto de cumplirse 10 años de su muerte, el pionero cirujano ruso sigue siendo un desconocido. Su trabajo se reduce siempre a sus perros de dos cabezas y su nombre se vincula a apodos como “el creador de bestias”, “el doctor del horror” o “el científico loco”. Sin embargo, sus inconcebibles injertos del tronco superior de un perro en el cuello de otro sirvieron para dominar decenas de técnicas de sutura vascular que le permitieron ejecutar con éxito la primera operación de bypass coronario, en 1953. Para Demikhov, el Telón de Acero sigue en pie.

El cirujano José Luis Vallejo, coautor de un centenar de trasplantes de corazón en el Hospital Gregorio Marañón, en Madrid, defiende la figura del soviético. “Ahora, cuando veo en Internet los vídeos de sus perros de dos cabezas, me parece natural que algunas personas le consideren un monstruo. Pero yo lo veo como científico, con la cabeza fría”, explica. Vallejo, licenciado en 1960, nunca ha tenido en sus manos un trabajo de Demikhov, porque publicaba en ruso, un idioma inaccesible para la ciencia occidental. “Incluso ahora, en las facultades de Medicina apenas se menciona a los pioneros soviéticos”, cuenta Vallejo, profesor de cirugía cardiovascular en la Universidad Complutense hasta su jubilación, el año pasado.

El presidente de la sección de insuficiencia cardiaca y trasplante de la Sociedad Española de Cardiología, Juan Francisco Delgado, admite que conoció demasiado tarde la figura de Demikhov. “Yo hice una tesis sobre la historia del trasplante cardiaco y ni siquiera le mencionaba”, reconoce. Para el cardiólogo, “ahora parece una sinvergonzonería cortarle la cabeza a un perro y enchufarla a una máquina de circulación extracorpórea para ver si mueve la lengua, pero hay que analizar, con perspectiva, lo que han aportado aquellos experimentos”.

Demikhov murió sin apenas reconocimiento el 22 de noviembre de 1998, a los 82 años.
Fuente: http://www.publico.es

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