Un metre niega la entrada a un restaurante de un perro guía

Charo Torres intenta vivir como una ciudadana más, pese a sus carencias visuales. Es una enamorada del teatro. Ella y ‘Morgan’, una perra labrador que hace las veces de guía a esta invidente, con la que recorre la ciudad de una punta a otra. Ni Charo ni su perra se pierden una función del Arriaga. Siempre desde la misma localidad -fila 6, lateral izquierdo- «para que ‘Morgan’ no moleste a nadie». Cuenta su dueña que los acomodadores «se parten de risa» cada vez que les ven entrar a la sala. «Ella me lleva a la butaca. Se sabe ya el camino».

Tampoco descuida Charo sus visitas a misa. Acude a la parroquia de El Carmen, en Indautxu. Y siempre a su vera, ‘Morgan’. «Calladita, sin montar ruido», aclara. «El Obispo me dio una vez la la enhorabuena por lo bien que se había portado. No la quitó ojo desde el púlpito». En las visitas que realiza habitualmente al Guggenheim, ‘Morgan’ tampoco levanta la voz. Como en la Universidad de Deusto, adonde acompaña a su dueña a cursos de postgrado. Siempre en el papel de fiel lazarillo.

Pero el pasado domingo, al animal que la ONCE le trajo de Rochester (Michigan) le cortaron el paso cuando Charo acudió con su hijo Juan al restaurante Iruña. No era la primera vez que elegían este local para almorzar. Y nunca había pasado nada. Hasta anteayer.

«Supongo que el camarero tendría el día cruzado», prefiere pensar. «Entramos y pedimos mesa para dos. Un empleado nos contestó que esperásemos un poco hasta ver qué mesa nos daban». Madre e hijo aguardaron la espera confiados en la Ley 17/1997 de 21 de noviembre relativa a perros guía. Esta normativa garantiza «el derecho al libre acceso» de las personas con deficiencia visual, «total o parcial», acompañadas de perros guía, «a cualquier lugar público».

Pero el jefe de sala del local les advirtió que no había sitio «en el comedor» para el can. Molesta por su actitud, la propietaria exhibió su carné de invidente y afiliación a la ONCE, así como la acreditación del ejemplar «como perro guía». Sin éxito. «El hostelero nos dijo hasta siete veces que la perra no pasaría de ninguna forma». Cuando la cliente sugirió hablar con el propietario de Iruña, el camarero les contestó «en tono altivo: ‘¡el dueño soy yo!’», subraya Charo, una de las treinta invidentes vizcaínas que cuentan con perro guía.

Desconcertada, abandonó el centro junto a su hijo y se fueron a comer «con ‘Morgan’ a un restaurante de al lado», no sin antes recordar al trabajador «que tendría noticias mías». Por la tarde, y tras realizar una llamada a la Policía Municipal, la invidente se acercó de nuevo al restaurante y, en presencia de los agentes, rellenó la hoja de reclamaciones para mostrar su queja, aunque evitó presentar una denuncia. 

Los propietarios del local pidieron ayer disculpas y admitieron «el error» -la ley tipifica como infracción grave la negligencia del empleado-, si bien insistieron en que el camarero rectificó su actitud y permitió posteriormente el paso del perro guía, extremo que Torres negó ayer a este periódico.

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